lunes, 20 de octubre de 2014

Fabricando el renacimiento: una retrospectiva flash entre sintetizadores

Este artículo es una colaboración de Alex Martin.

Hace tiempo que le daba vueltas y por fin me he decidido… Voy a escribir sobre música y tecnología, las dos pasiones de mi vida. He tenido la inmensa suerte de ver y experimentar cómo la música electrónica popular ha nacido, crecido y evolucionado. Desde mi perspectiva, hoy me parece indiscutible que es un género aceptado que muchos seguimos con la misma pasión desde hace años.

Los niños de Commodore

Recuerdo los primeros años 80, cuando tener un sintetizador en casa era algo raro, caro y hasta oscuro, casi lo mismo que disponer de un ordenador “personal”. En esos días y ya con mis inquietudes bien despiertas, busqué la manera de poseer un sinte sin que mi madre tuviese que hipotecarse de por vida. Y ahí apareció mi Commodore 64, que montaba el circuito integrado de síntesis SID, provisto de tres osciladores, filtros y generadores de envolvente que ahora son tan habituales.
El único problema de CBM C64 era lo complicado que se hacía operar y conseguir algún sonido interesante para alguien sin conocimientos. Mucho tiempo pasó hasta que se dispuso de software que ayudó a las personas que no tenían nociones de programación a bajo nivel -a esas herramientas se les llamó trackers.

CBM C64, una leyenda entre los 8bit-computers con su chip sonoro SID
CBM C64, una leyenda entre los 8bit-computers con su chip sonoro SID

Sintes de verdad

Llegó la era del sintetizador comercial, con modelos hoy míticos como Roland Juno 60, Korg Polysix y MS-20, teclados que yo podía escuchar cuando los traía alguna que otra orquesta itinerante o se exponían en tiendas especializadas. En 1982, todos éstos ya eran “más asequibles”, pero sus precios aún estaban fuera del alcance de un “particular”.
Con esos instrumentos reinando en el mercado, fructificaron los métodos de conexión entre sintes, como CV (o Control Voltage) que, a modo de micro-resumen, transmitía pulsos eléctricos a través de cables de cobre. Era un sistema “espartano”, pero curiosamente, no ha desaparecido y algunos fabricantes lo han vuelto a recuperar [Roland también propuso su propio sistema de control, DCB, aunque no fue más allá del dominio de sus propios sintes -Ed].
Con los primeros Mac o los posteriores Atari ST, fue un auténtico placer disparar vía MIDI todas las máquinas que habías podido reunir, y controlarlas desde el ratón y tu teclado musical…
El sistema MIDI (que aún nos acompaña) fue propuesto en 1983, y aparecieron los primeros secuenciadores hardware junto a sintes que ya usaban este protocolo, como el hoy famoso Roland Juno-106. Hacia 1986, asistimos a una de las revoluciones más determinantes en la creación musical con la oferta de ordenadores como los primeros Mac o los posteriores Atari ST, todos ellos capaces de ejecutar software de composición MIDI, con las versiones primigenias de Cubase o Notator. Fue un auténtico placer disparar vía MIDI todas las máquinas que habías podido reunir, y controlarlas desde el ratón y tu teclado musical.
Aquellos sintes, que comprábamos de segunda, tercera o cuarta mano, estaban repletos de controles que podías tocar con tus dedos, y pronto la ejecución de cambios sobre los parámetros de aquellos aparatos dio forma a la belleza de la música electrónica.

Bellas superficies digitales sin controles

El tiempo siguió su curso y los fabricantes se esforzaban por ofrecer sintetizadores cada vez más comprensibles y “musicales” para músicos, y no para los ingenieros. El transistor y la resistencia aguantaron bien durante años, pero llegó la revolución digital y la integración masiva de transistores en un cuerpo de silicio -consecuentemente, las grandes marcas musicales empezaron a fabricar instrumentos aprovechando las nuevas posibilidades.


El sampling y el sampler marcaron una revolución sólo explicable con la tecnología digital, disponíamos de mucha memoria ROM y RAM para sonidos, los osciladores digitales no se desafinaban, y las pantallas LCD mostraban información interesante y al detalle. Pero esa tecnología restó casi toda la importancia a los controles físicos de los parámetros, y el sonido se hizo frío e impersonal por su excesiva dependencia de grabaciones digitales de instrumentos reales.
Hoy, muchos de esos teclados han alcanzado la consideración de clásicos, como Korg M1 y Roland D-50, e incluso el poderoso Yamaha DX7, que a pesar de su potente síntesis FM, interpuso las fórmulas matemáticas como una barrera ante la libre creación del sonido.

Publi de Korg DSS-1 (1987), sampling primigenio entre síntesis digital y el avance del software
Publi de Korg DSS-1 (1987), sampling primigenio entre síntesis digital y el avance del software

Acceso global a la creación musical

La siguiente evolución nació dentro del ordenador, con mejoras inmensas en cuanto a la capacidad de proceso y su memoria: ello permitió que los programadores creasen simulaciones digitales de instrumentos reales, ya fuesen físicos o electrónicos. Nos acostumbramos a usar términos como modelado físico y otras cosas que sonaban prometedoras. A mediados de 1997, Propellerhead Software irrumpió con Rebirth, un software que emulaba el sonido y las funcionalidades de dos basslines TB-303 y una caja de ritmos TR-808, todos instrumentos consagrados por Roland unos 15 años antes.
Los ordenadores sonaban muy bien, pero el hecho de que muchos nunca los consideramos como instrumentos musicales nos hizo volver la mirada atrás… ¿Qué tenían de malo los sintetizadores reales?
Fue el comienzo de un ciclo, y la evolución nos llevó a embriagarnos con instrumentos virtuales que sonaban desde el interior de nuestros ordenadores. Hubo prisas por vender el hardware y sacarse de encima los anticuados samplers de Akai, pues el ordenador prometía hacer mucho más por mucho menos. Las oportunidades para comprarse sintes por poco dinero surgían por todos lados, pues casi nadie quería dedicarles espacio y cuidados.
En definitiva, los ordenadores sonaban muy bien, pero el hecho de que muchos nunca los consideramos como instrumentos musicales nos hizo volver la mirada atrás… ¿Qué tenían de malo los sintetizadores reales? La única respuesta era de peso, justo por eso y el sitio que ocupaban. Aún así, muchos pensamos que en algún momento las marcas se darían cuenta de que cierta gente aún demandaba sintetizadores de verdad. No se trataba de renunciar al ordenador, si no de complementarlo y sobre todo, volver a experimentar la felicidad y el placer de la creación sonora usando los dedos y pellizcando controles.

Por fin llegó el revival analógico

La primera década del siglo XXI albergó las ambiciones de marcas y fabricantes que se apresuraban por ofrecer una multitud de teclados y superficies de control MIDI. El concepto se reinventaba cada año, con la promesa de ajustar con tus dedos todos aquellos softsintes que vivían en tu ordenador y que se hacían de rogar con el pobre y pésimo control desde un inexpresivo ratón. El arreglo funcionó mas o menos, pero no del todo: el tiempo se perdía cuando tratabas de conseguir que aquellos controladores moviesen el parámetro que realmente deseabas…
A pesar de que, años antes, Novation había lanzado un atractivo monosinte analógico de bajo coste con el nombre de Bass Station (en 1992), y de que otros fabricantes explotaron la fiebre 303 para vender clónicos en formato rack, no fue hasta el arranque de la segunda década de 2000 que la gente empezó a unirse en una sensación común… ¿Por qué las grandes marcas no vuelven a fabricar sintes y cajas de ritmos como las de antes? ¡Que lo hagan, tienen los esquemas y todos los detalles!
En un buen sentido, esa pregunta ha tenido su respuesta… ¡Qué demonios, en un sentido maravilloso! Pero eso lo dejo para mi próximo post en El OSCiloscopio, mi nuevo blog en FutureMusic.es, al cual por supuesto quedas invitado.

Bass Station (1992): el revival analógico arrancó aquí, pero el mundo no se enteró…
Bass Station (1992): el revival analógico arrancó aquí, pero el mundo no se enteró…

Publicado en: FutureMusic-es.com el 15/07/2014

Alex Martín
Alex Martin
Referencia imprescindible para entender la escena electrónica española, Alex Martín es además uno de los artistas españoles más internacionales en música de club. Sus trabajos decoran los catálogos de sellos europeos como F:Com, Playhouse, Hypnotism y Klang, además de sus contribuciones en varias plataformas nacionales, como Boozo, Cosmos o Minifunk. Desde el dance electronica al tech house y el techno, sin obviar pasajes antagónicos por el downtempo o el jazz electrónico, la energía todoterreno de Alex Martín es inagotable. Y su pasión por la tecnología musical es un nexo de unión con nuestros lectores –su vida está repleta de aventuras de éxito sobre máquinas musicales de todos los tiempos que, a modo de naves oscuras, le han servido para surcar un universo espectral de frecuencias.

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